LA CIUDAD DESVANECIENTE
En un barrio de Avellaneda (eso supongo) me sorprendió la cantidad de árboles que interrumpían el camino. Y al ser Otoño, las hojas amarillas inundaban las calles y todos los escondrijos entre las casas. Yo miraba hacia atrás a cada rato, pues no se escuchaba ningún ruido, y estaba ansioso por que pasara pronto el bus que me llevaría a mi destino.
La ansiedad se debía no a la extrema soledad del lugar, ni a la posibilidad de sufrir un asalto, sino que a un sentimiento muy extraño; algo ocurría en mi entorno que tal vez solo percibía con el inconsciente.
Cuando llegaba a la esquina, justo frente a una rotonda vacía, escuché el típico chicharreo de una caja. Esta debió ser grande, y se acercaba. Pensé en una carreta con un montón de maletas a cuestas. Volteé de nuevo, porque ya tenía el jaleo encima, y lo que hallé me dejó desconcertado: un tranvía endeble. No podía entender cómo ese objeto apareció tan rápido atrás mio. ¿En qué calle había doblado? Además esa avenida era súper larga…
El asunto es que no era un tranvía, parecía una caja construida por niños para jugar. Al subirme me arrepentí de inmediato, iba despacio y alcancé a trepar (no se por qué lo hice, debí ignorarlo). Aterrado dentro de esa cosa, ya veía que se desarmaba. Evité sentarme, temí que el piso colapsara y yo pasara de largo. Por lo tanto me afirmé en una frágil baranda, creo que era un palo de cortina.
El tranvía no tenía conductor, y ahora que recuerde ninguna conexión a tendedero eléctrico. ¿Cómo se movía aquello? No tengo idea.
Me empezó a dar náuseas estar ahí. Y yo no soy de jaquecas al subirme a los transportes públicos. Tal vez fue por otra cosa.
Me fije en las calles mojadas a través de las ventanas que no tenían vidrio. Entraba una humedad extraña, muy desagradable. Y me parecían repugnantes las aceras llenas de esas hojas, como garrapatas acumuladas y aplastadas. No había llovido en toda la semana. Y la noche anterior menos, habría escuchado los goterones en el techo de mi pieza.
¿Por qué estaba la ciudad mojada? Lo digo porque después de unos minutos llegué al centro, a la zona estudiantil, y los edificios de las universidades también estaban estilando.
Yo andaba asustado, porque era la primera vez que asistía a una protesta. Me había quedado de juntar con mis amigos en el patio de una de esas universidades. Era casi el curso completo… además primera vez que hacía la cimarra. Pero mi madre y mi abuela eran indiferentes. Jamás me preguntaban lo que hacía en el colegio.
Caminé hacia un galpón redondo. Al cruzar una reja, jóvenes colegiales estaban sentados en ese suelo de hormigón del galpón, apiñados o solos. Pensé que escuchaban alguna conferencia. Pero el lugar parecía un circo vacío, además de frío y oscuro. Pero lo más extraño fue que sentí que conocía a alguno de esos jóvenes, al grupo más próximo.
Me esforcé por recordarlos, pero no hallé nada.
Una chica, Aracelly (yo sabía que su nombre era Aracelly, no me pregunten cómo) me llamó para que los acompañara en su conspiración, pues cuchicheaban muy entusiasmados.
Pero no alcancé a llegar se puso de pie. Algo estaba a punto de comenzar.
Comenzaron a aparecer estudiantes de todos lados, tanto escolares como universitarios. No recuerdo si levantaban pancartas, o cualquier otra cosa. Tampoco sabía contra qué protestaban.
Recuerdo que busqué un baño, los chicos me señalaron uno. Al ingresar noté que tenía casi el mismo tamaño del galpón. Me costaba entender el por qué un baño de esas dimensiones. Busqué algún inodoro que funcionara, todos estaban amarillentos, me generaron repulsión. Me aventuré hasta el fondo del lugar, una zona oscura, y me topé con un sector de piscinas colosales, casi un santuario de agua. Me devolví corriendo a la marcha… pero antes de salir me topé con una cosa rarísima: una muralla derrumbada; me asomé por ahí al escuchar goteos de agua, y descubrí en esa habitación lúgubre y hedionda a una mujer deslizándose en una pequeña tina ovalada, de estilo japonés. Era una joven solamente. Tal vez menor que yo. Al escucharme se comenzó a asomar a la luz. Alcancé a verle parte del mentón, y retrocedí, temiendo a no sé qué.
Al final de ese enorme campus que parecía un laberinto de jardines secretos, escondrijos, y callejuelas que por su antigüedad y arquitectura se asemejaban a Londres, alcanzamos una serie de carros sumamente extraños y endebles, echo con el mismo tipo de planchas fabricadas con acerrín (la que se ocupan en los muebles de mala calidad). Había uno de esos carros que tenía tres pisos, era un edificio con ruedas, un autobus… similar a esos vehículos que salían en los picapiedras. Pero antes de llegar
Aracelly y Tamara (a ésta última chica también le sabía el nombre) me motivaron a subir al carro empujado por camionetas. Como no quise a la primera, me tomaron de ambos brazos y me empujaron adentro. Nos caímos y la cosa esa tambaleó; nos reímos a carcajadas, pero yo en el fondo estaba muerto de susto. Lo disimulé muy bien porque para los demás estar encima de esa plataforma (era tan grande la estructura que antes del edificio aquel había una rambla, similar a las que tienen las camionetas). Los colegiales, sobre todos los de mi curso (por alguna razón llevaban mi mismo uniforme) comenzaron a soplar cornetas, a golpear tambores, y a gritar.
Esa protesta sería enorme, me decía, casi una guerra civil contra el ministerio de educación.
Pasamos por muchas partes de la ciudad. Fuimos a buscar a unos muchachos a otro colegio: una torre de metales cruzados y horribles.
La luz nauseabunda del sol se metía allí por entre los espacios enrejados. El cielo estaba turbio por una nube extensa.
Irrumpimos en el colegio pero yo me desvié del grupo principal. Unas madres retiraban a sus hijos pequeños y los mas grandes se desordenaban. Salían de las salas de clases y yo alcancé a subir por la torre de ese colegio. Los invitamos a los carros. Muchos aceptaron.
Me bajé en varios barrios, entré a restaurantes chinos, a tiendas vacías, a calles sin salidas con negocios árabes. En ese sector comercial casi me pierdo. Esa parte de la ciudad estaba arrinconada por enormes rascacielos de hormigón café.
Creo que pedí comida, o dinero, para financiar esa marcha. Me angustié cuando la caravana continué por una calle paralela, me obstaculizaba un edificio de segadoras ventanas, tan largo como la cuadra. Pensé en tomar un autobús a casa. Pero desconocía esos rarísimos recorridos. Cuando pisé la esquina un vagabundo me señaló el carro-edificio. Atravesaba el arco de un puente, rogué a que no se golpeara con la punta para que no se derrumbara.
Le agradecí al vagabundo. Le regalé casi toda la comida y las monedas que recolecté, pues me liberó de tremendo susto.
Ingresamos a palacios, a museos, a jardines señoriales… pero tengo dudas con respecto a unas imágenes, a unos momentos, no se si las viví dentro del campus inicial o en otro particular, pues era muy diferente ese sector. Tenía aspecto de complejo de edificios administrativos. Pero el agua volvía a abundar en todas partes a modo de charcos o riachuelos imprudentes, ubicados en lugares improbables. De hecho tuvimos que bajar unas escaleras que eran cubos con agua verdosa. Estuve a punto de caer por los estrechos y húmedos caminos de piedra a unos matorrales abajo, pues era un parque suspendido en pilares ocultos por la vegetación. Una cosa increíble, rarísima. Antes de descender al nivel del suelo, unos templos con forma de paleta de helado interrumpían el conjunto de edificios ( con arquitectura neoclásica, nada que ver). No sé a qué cultura ancestral atribuir el estilo de los templos. No se parecían a ninguna. Pero las piedras, y los musgos, denotaban que eran milenarios. Aracelly y Tamara entraron a uno, de forma errática, tomadas de las manos, jugando. Yo no lo hice, porque ya nos llamában para meternos al carro-edificio, partiríamos de nuevo.
No tengo otras imágenes de la ciudad (seguramente me irán llegando), pero sí una desolada panorámica de una llanura, verde como el protector de pantalla de window. Sin embargo ese pasto era verde-oscuro, y mientras más próximo al lejano rascacielo en la lejanía, del cual no podía sacar la vista, más negro se ponía el terreno, tal vez hasta podrido.
Creo que era el único concentrado en esa estructura solitaria a un costado del horizonte. En cada vértice la levantaba un pilar varios metros sobre la tierra. Por alguna razón extrasensorial percibí que abajo de esa edificación había un agujero gigante, un socavón, y de que allí emergía aquello que podría todo a su alrededor.
De echo le dije a uno de los compañeros, no aguantando la impresión: “Mira, mira allí…”
Pero el compañero no vio nada, le fue imposible por más que yo insistiera.
Aquí se produce en mí otro lapsus, otra interrupción posible de imágenes.
Llegamos en la caravana a una zona de lomas empinadas. Las grandes estructuras de madera de acerrín se tambaleaban con nosotros encima porque las camionetas no tenían fuerza para empujarlas. Y supongo que hubo una pausa porque una de las muchachas, Aracely de nuevo, le tomó la mano a alguien emocionada y nos empujó a todos a mirar su descubrimiento.
Resulta que encontró mientras paseaba un tovogan de algunos kilometros encajado al borde de una vieja cerca. Nos asomamos y descubrimos que el tobogán cruzaba un acantilado, y terminaba allá abajo, en una casita construida en la ladera de una montaña horrible, totalmente de piedra. Aracely nos desafió, sobre todo a los hombres que tiritamos de cobardía. Las muchachas la apoyaron y adivinen, se lanzaron por el tobogan de lata como si nada. Después se lanzaron algunos compañeros, y a mi los nervios se me retorcían, pues se notaba muy divertido, pero me rehusaba a disfrutar como ellos.
Fue cuando por primera vez la distinguí entre todos (tal vez por la similitud de los uniformes, que honestamente parecían los de una corporación, y no los de un colegio).
Ella me tomó las manos de manera distinta. Tal vez quiso decir un “ven” pero no le alcanzó a salir de sus labios. Y con mucho cuidado nos sentamos ambos, ella adelante, entre mis piernas, y yo detrás. Guió mis manos para que le abrazara el vientre, y me miró hacia atrás incitándome a que de una vez por todas me lanzara a ese precipicio lineal.
Nos deslizamos a una velocidad adecuada que me permitió contemplar el espantoso paisaje a mi alrededor. Era un valle de montañas grotescas, quebradas, y de un color a quemado. Un vértigo maligno me causó, y me acompañó durante el recorrido.
Aterrizamos suavemente con los pies en un camote. Yo me preguntaba obsesivo quién construiría allí la fachada de esa casa, que consistía en unos pilares de madera estilo japones. La casa estaba incrustada en la piedra, también estaba construida con esa madera oscura, pero dentro de la roca tallada. También me pregunté con angustia cómo saldríamos de allí, porque un desfiladero de piedras molidas rodeaba la casa, hasta un abismo abajo… la continuación de aquel acantilado.
No les comuniqué éstos pensamientos a los muchachos. No quise interrumpir la silenciosa extrañeza que nos provocaba esa casa, pues nos puso inmediatamente en silencio.
Y yo no los podía sacar de ese silencio, entraron en un profundo estado instrospectivo. Se sentaron el el piso que tenía una vieja y empolvada alfombra persa. No había ningún mueble. Las chicas recorrían descalzas las oscuras habitaciones, a algunas de ellas las dejé de escuchar de pronto. Y uno de los chicos se quedó mirando el sol tras las abruptas montañas, y a veces creía que se iba a tropezar con un solo paso que diera, porque se le notaba débil y confundido.
Recuerdo y aún siento cómo esa chica me tocaba, con una delicadeza tan expontanea, que parecía conocerme más que mi a mi mismo. Y esa increíble confianza me premitió romper las barreras. Pero dejó de palparme y de conducirme (siempre lo hizo no mostrándome la cara, casi de espaldas), y cambió su foco de atención.
Se dirigió a un lugarsillo donde bajaba una tenue luz solar; era un montón de vigas caídas, palos podridos por la edad, una especie de patio al costado, muy estrecho, acorralado por un muro. Y allí salió ella, fascinada. El grupo entero actuaba como en secreto, para sus adentros, tal cual si nadie fuese testigo del otro.
Era una sensación tan rara, lo juro, como si me separara de la humanidad.
Recuerdo claramente como la tranquila chica trepó un montón de escombros delante mío, y desapareció tras un umbral que me sorprendió, pues alcancé a ver más recamaras semi-iluminadas, y me parecieron infinitas, y eso me espantó más que el oblicuo valle.
Con la misma tranquilidad de ella me detuve. Su desparpajo me sedujo a continuar, pero una alarma me subió desde el pecho al cerebro. Quizás fue miedo, lo admito, o una forma sobrenatural de la repulsión. No sé cómo escapé de allí exactamente. Sospecho que subí por el tobogán de lata. Al alcanzar la carretera me sentí perdido y feliz, y les diré por qué.
Volteé hacia una parte del paraje que no había tomado en cuenta. Era el resto de ese pasadizo montañoso que se transformaba en una serie gigantesca de mesetas una encima de otras, similares a terrazas de cultivos pero de distintos tamaños. Lo más curioso era que el pasto en ella era liso y cortado como por un jardinero.
No podía discernirlo como un escenario fabricado o natural… es que resultaba inmenso y de una belleza inclasificable. Había caminos más o menos definidos. Sentí que podía recostarme en cualquiera de esas mesetas y dormir para siempre a causa de la placidez sobrenatural que me entrañó.
Y el sol todavía más grande encima, igual a una nave espacial o a un serafín que se digna a mostrar parte de su presencia, destellaba fijo, y su luz era blanca, lo cual generaba un cielo realmente celeste.
Pero mi gran felicidad desvaneció a medida que me adentraba en ese paisaje sin asumir consecuencias. Fue muy divertido caminar y caminar por horas… y el laberinto de mesetas sobre mesetas en las laderas de colosales montículos de roca cada vez se hacía más hondo. Pero asumí que encontraría una salida al hallarme al aire libre.
Si lo podría comparar con algo sería como el Gran Cañón estadounidense pero lleno de pasto bien cortado y verde claro.
El enrarecimiento a pesar de su densidad me pareció todavía más estimulante. Y encontré un “centro” en toda esa estructura geológica. Era una llanura de pasto donde divisé una fuente. La única creación humana allí, eso supongo. No podría definir su arquitectura pues parecía de una civilización primitiva y desconocida, y no por eso lucía vieja. De echo su blancura fue lo que me llamó la atención a la distancia.
La última escena que recuerdo de éste largo paseo, es de yo permaneciendo de pie frente a la fuente. No sé si me arrojé a ella para disfrutar del agua, no sé si solo me quedé inmóvil, aturdido por mi desorientación.
Sé que recorrí muchos lugares después. Pero solo me llegan imágenes difusas, como cuando alguien mueve la cámara cuando graba. Lo único que me guiaba en esos instantes eran las manos de esa chica, que yo sabían me tocaban. Me sentí como un trompo girando al ser rozado por los dedos de ella de una dirección a otra, vayan a saber ustedes por cuantos mundos… porque sentí que viví cientos de vidas, y yo me resistía, no las toleraba todas. Esa resistencia le impidió a ella hacer más cosas.
Hubo un momento en que cedí. Y ahora pienso que tal vez esa fue su estrategia, cansarme. Aparecí acostado en el antejardín de una casa, de ese barrio tan callado de Avellaneda, con aquel uniforme de colegio. Tenía la espalda mojada, el patio se hallaba empapado.
La misma chica blanca, de ojos asiáticos, silenciosa y excesivamente atenta conmigo me ayudó a levantarme del piso. Me sacudió el saco, los pantalones… y me tomó de la mano nuevamente.
Entramos en un recinto que sentí conocido: una reja oxidada, muros pequeños de hormigón, y una casa aplastada por vegetación. Entramos en la propiedad, pero no a la casa, la pasamos de largo por un costado. Alcancé a hecharle un vistazo a la casa, llena de cachureos en su interior que distinguí a través de las ventanas quebradas y amarillentas. Varios pasos más allá caí en cuenta que era la ex-casa de mi abuela, antes que se viniera a vivir con nosotros, al hogar que teníamos con mi madre.
Otro punto importante: atrás de esa casa había una extensión (para mí infinita) de otras viviendas (cuadras enteras) destruidas a las que les quedaban solo los muros. Por encima una insistencia de parras que quizás colapsaron el techo creando un techo enverdecido, y abajo enredaderas y musgo y muchas hojas secas en el barro. Respiraba una humedad constante, y un aroma de plantas molidas o podridas.
Sentí miedo pero una curiosidad perfecta. Y como ya me había acostumbrado a ese vértigo con los continuos paseos con ésta chica, cedí totalmente, algo que nunca hice hasta el momento.
El barro se tornó un terreno pantanoso, hasta alcanzar unos puentes que se hundían en un agua asquerosa. ¿Hacia dónde se dirigían esos puentes a ras de suelo? pues hacia una propiedad en medio de ese pantano. La muchacha me dijo que era un museo y que me iba a encantar cuando yo le pregunté queriendo renunciar a la aventura, pues tenía los pies estilando en esa agua pestilente, con materia orgánica vegetal en descomposición.
Adentro el museo parecía el casino de un hospital o una universidad, mucha gente tomando café y conversando al lado de unos ventanales.
Pronto descubrimos el “museo” al otro costado de un pasillo. Animales desconocidos, inexplicables para mi, eran mostrados vivos o muertos dentro de recámaras. Mi conciencia tampoco puede traducir cómo eran exactamente, pero estaban ligados a éste mundo material al que habitamos… esa idea quiso trasmitir la guía turística del museo. A todo ésto no íbamos solos. Chicos de otros colegios se nos unían en grupo durante el recorrido. Y chicos de mi propio colegio aparecieron comentandome lo que veían, como si me hubiese ausentado de ellos durante pocos minutos durante la visita.
Los chicos se sintieron estimulados a abandonar ese centro gravitacional del museo, pues miraron a través de esas repetitivas ventanas un patio lleno de chatarra muy curioso. Un par de chicos se dirigió hacia allá primero, y nosotros los seguimos después. Poco nos importó esa profesora que nos guiaba.
En ese patio había chatarra de cosas que no comprendíamos. Y galpones de madera que guardaban una oscuridad absoluta, a los cuales no nos atrevimos a entrar por más que nos desafiáramos.
Cerquita de allí había otra caseta… algo así como los lugares donde duerme el jardinero o el guardaparque. El techo lo tenía aplastado por una gravedad distinta, y era pequeñísima, apenas cabían los alumnos de pie, tuvimos que agacharnos cuando entramos.
Yo había perdido de vista a la muchacha de las tocaciones por explorar con los compañeros ese rancho y por dilucidar qué carajos eran esas máquinas tiradas. Visualicen una parcela plana, con pasto corto y seco, casi marrón, con árboles endebles y con cables eléctricos cruzando por sobre nuestras cabezas, formando una red. Zumbaba en uno de ellos un avispero. Y las avispas eran una calamidad. Eso nos hizo caminar hacia donde los demás entraban. Y ahí dentro se iniciaba un concilio, pues varios compañeros ya tenían formado un círculo alrededor de alguien.
Recuerdo que la ansiedad por irme de esa casita era profunda, una agitación del alma. Y un cosquilleo en el cuerpo se tornaba más molesto, causa quizás de la electricidad aerostática de los cables sobre el patio formando cuadriculas.
¿Quien estaba al centro de la reunión circular? Una mujer dentro de un cuadrilatero, pues unas cuerdas mantenían separado de ella a los alumnos. Ese cuadrilatero era una cama de varias plazas, semihundida en un charco abajo… el agua hedionda manchaba el colchón. Ella corrió las frazadas, estaba desnuda y mojada, y la piel pálida por las horas en la humedad. Yo me concentré en su rostro lleno de enfermedad; era la misma cara de la muchacha, a quien pillé al frente, cerca de las cuerdas.
Las comparé. Un estado de locura y aversión me invadió al comprobar que eran la misma persona, una más joven, la otra adulta; una miraba con brillo de éxito en los ojos, tal cual si hubiese cumplido una misión, y la otra con la típica expresión de paz de las madres recién paridas y afiebradas.
Y digo madre, pues me invitaba a acostarme a su lado… a sumergirme en ese poco de agua sobre su lecho, y estuve a punto, pues su ternura fue extrema, me necesitaba, y no me hubiese importado poner mi mejilla en la asquerosidad de su vientre.
Una fuerza en el corazón me lo impidió, y yo sabía que si seguía algo en mí cambiaría para siempre. En el último segundo, antes de recostarme, puse un pie en el colchón, y salté sobre ella, cruzando las cuerdas, y empujando una puerta podrida que gracias a Dios cedió.
…
Ésto que les acabo de contar no fue gratuito; tardé varios meses en recordar, episodio tras episodio, con tramos que sé son amplios, y que por ahora son parte del olvido.
Y aún temo recordar, temo confesarle a la psicóloga esas imágenes que brotan y que ella las asocie a una enfermedad mental. La oí conversar con mi madre. Dijo que posiblemente yo tenía una manifestación de esquizofrenia. Pero no es verdad. Todos intuimos que es otra cosa pero les asusta darle un nombre, la gente a mi alrededor es demasiado cobarde.
Cuando estuve mejor, le pregunté a mi madre qué es lo que había ocurrido, y le pedí de corazón que no me ocultara detalles. Gracias a Dios cedió, quería verme tranquilo.
Según su relato la llamaron de mi colegio un Viernes por la tarde. El director le comentó que yo no había asistido a clases durante una semana. Mi madre, enojada, le aseguró que su hijo sí asistía a clases todas las mañanas. La conclusión fue que yo “hacía la cimarra”. Había estado llegando casi al anochecer. A nadie le importó, pues mi madre regresaba pasado de las 9 del trabajo, y mi abuela ya dormía cuando me metía a la pieza.
Ese Viernes precisamente no llegué. Mis tíos me buscaron en auto, incluso algunos vecinos. Dieron aviso a la policía. Ni rastro había de mí.
Al día siguiente me encontraron tirado en el jardín de una casa. Me localizaron gracias a que sonó mi al llamarme. El tío Ricardo me subió a su camioneta, y mi madre me secó con su abrigo, pues tiritaba empapado.
De éste evento no me acuerdo nada. Mi madre comenta que yo estaba en estado de ausentismo, catalepsia o como quieran llamarlo. Me dijo con dolor que me internaron un par de días en la clínica psiquiátrica, y aquello me espanta, pues de eso solo tengo imágenes de cuando volví en taxi a mi casa luego del alta.
“Debieron ser los remedios” comentó mi madre. Pero por lo que sé no existen medicamentos que dejen al paciente en ese estado. Mi familia no pudo seguir costeando la estadía en la clínica. Por suerte me recuperé en el hogar.
Semana a semana apareció este itinerario en mi mente. Mi madre me interrogaba, al principio no creía que yo no sabía dónde había estado. “¿Con quien te drogas?” se atrevía a preguntar. Ella intuía que con nadie, a penas tenía amigos.
Todas las noches me iba a acostar con una sensación de trauma. No suelo rezar, ni pensar en lo divino por falta de hábito… pero yo sabía que pedía con el alma una respuesta, una aclaración.
Y esa posible respuesta empezó a llegar una mañana de la persona menos esperada, mi abuela.
Resulta que escuché discutir a mi madre con mi abuela una mañana. Me pareció extraño, ellas se llevan muy bien. Por lo que alcancé a escuchar, se dijeron lo siguiente:
-¡Pero mami cómo va a dejar ahora el tratamiento! Tanto que me costó encontrar algo para que se sanara, qué mal agradecida es usted.
-¡Cállate oh! las cosas que me buscas… lo único que hacen es empeorarlo todo. Hazme caso, no seas ignorante. No voy a rezar contigo nunca más estas cuestiones.
-Pero si ella la ha estado sanando…
-Solo el Señor sana, no éstas webadas- y escuché cómo mi abuela rompía un cartón o algo así. Mi madre se lamentaba, jamás le levantó la voz a mi abuela, y ahora la retaba como si fuese niña.
Andaban con el caracho largo. No se hablaron durante días.
Una mañana me mandaron a botar la basura. Se me derramó una bolsa porque estaba mal amarrada. Al recoger los desperdicios me encontré con los fragmentos de una imagen: eran los de una especie de santa sobre una laguna, rodeada de jardines. Por atrás había una oración… pensé en ese momento que aquella debía ser lo que murmuraba la abuela cada noche, junto a mi madre, cuando se encerraban en su pieza.
Lo extraño es que durante mi ausencia en el patio, mi madre y mi abuela aprovecharon de hablarse. En el pasillo escuché cómo mi abuela susurraba:
-Nosotros le hicimos éste daño al niño.
-¿Pero cómo mamá? ¿Qué daño le hicimos?
-Rezarle a esa webada que me tragiste para sanarme.
-Pero si a la Lucita le reza todo el mundo para sanarse.
-Ella no es de Dios… una niña me lo vino a decir, por eso dejé de rezarle.
-¿Qué niña mamá?
-No te voy a decir, no me vas a creer.
Yo al escuchar eso quedé más confundido. ¿Quién era esa tal Lucita a quien le rezaban?
Es verdad que mi abuela hace dos años venía arrastrando una enfermedad a las piernas que la molestaba. También sabía que los tratamientos no le estaban dando resultado. ¿Será que ambas buscaron una ayuda alternativa? ¿Una ayuda espiritual mantenida en secreto?
Le pregunté de maneras rebuscadas a mi abuela. No quiso contestarme, me mandaba al carajo. Le pregunté pues a madre, se hacía la ocupada y cambiaba el tema.
Yo empecé a salir solo de nuevo. Al principio mi madre no quería, pero las sugerencias de los médicos era que debía volver a mi vida normal. Al principio paseaba por los lugares habituales. Pero una tarde me desvié a la feria artesanal. Durante la caminata se me había parado el reloj, y aproveché de averiguar si en la feria había alguna relojería para cambiarle pilas. Admito que tal vez esa no fue la verdadera razón de mi intromisión, sino que un aroma a hierbas. Quedé detenido frente a una florería donde todas las flores estilaban. Luego reconocí que era otra razón inconsciente por la cual quedé paralizado: el retrato completo, sin fracturas, de Lucecita. Era un calendario en la pared. Se me helaron los pies, incluso los sentí mojados. Comencé a respirar una humedad insoportable que me provocó ganas de vomitar. Estuve a punto de irme, pero me habló la señora que armaba los ramos flores.
-¿La conoce cierto?- me habló ella.
-No sé.
-Usted la conoce, de lo contrario no la miraría así.
-¿Quien es?
-Ufff…. Ella es muchas cosas. A mi me ha ayudado harto. Es muy buena con la gente pobre.
-¿Es una santa?
-No… en realidad no sé. Lo que sí sé es que es una señorita que vivió hace muchos años en esta ciudad, antes que llegaran los españoles. Algunos la han visto, yo solo en sueños no más – y la mujer sonrió con una ternura herida, cansada-
-¿Y por qué está en el agua?
-Le gusta vivir donde el agua no fluye. Pero construyeron edificios y casas en su tierra. Pobrecita.
Yo no podía sacarle los ojos de encima a esa imagen, al mismo tiempo que una repulsión interior me paralizaba.
-¿Quiere llevarse una fotito de ella para que lo acompañe?- me dijo la mujer extendiéndome una tarjeta, la misma que rompió mi abuela.
-No gracias- fui drástico, y me alejé rápido de esa foto de porquería.
La confusión se volvió una náusea que me acompañó por un mes. Mi madre volvió a sus rutinas laborales y nos dejó a la deriva con mi abuelita en la casa.
Además mi abuelita comenzó a mostrar un síntoma preocupante, no dejaba de dormir. Se levantaba a tomar desayuno, hacía almuerzo, y a eso de las dos de la tarde se volvía a acostar a dormir, a veces hasta el otro día.
En la noche la escuchaba hablar, sobre todo en la madrugada. Parecía conversar con alguien en los sueños. Me asustó en muchas ocasiones, pues creí que me llamaba a mí. La iba a ver a su pieza, pero me encontraba con que roncaba vuelta hacia la muralla.
La escuché decir por ejemplo: “Gracias mijita, gracias por traérmelo” “¿Mijita dónde está su mamá? ¿Tiene hambre, quiere almorzar? “Por qué no quiere entrar mijita, la casa está calentita? ¿Por qué está tan triste mi amor, qué le pasa?”
Yo suponía que se acordaba de antiguos diálogos con mi madre cuando era niña mientras soñaba. Ojalá hubiese sido eso desde el principio, pues comprobé la verdad.
Una vez llegué del colegio y el living continuaba desordenado. Como no había olor a comida, deduje que mi abuela tampoco hizo almuerzo. Había pasado durmiendo la mañana entera. Escuché sus ronquidos raros acompañados de murmullos. Abrí la puerta de su pieza, y lo primero que entró a mi cuerpo fue ese olor a humedad repugnante y a hojas podridas. Luego distinguí la silueta de una persona tras el vidrio sucio, justo a la altura del respaldo de la cama de mi abuela… Era ella, la niña que me siguió. Al notar mi presencia retrocedió suavemente hacia el interior del jardín trasero de la casa. Y yo no dudé en salir a buscarla.
Ese jardín no lo visitaba hace tiempo, pues con los años se acumuló allí chatarra y enredaderas. Revisé cada escondrijo y no hallé a la muchacha. Al detenerme me di cuenta de algo: ese patio era idéntico a la entrada a ese laberinto de parras por el cual fui conducido.
Después de este inquietante suceso no me quedé en paz, no obstante mi abuela dejó de tener ese pesado sueño y recuperó la energía.
Aquel año continúo sin exabruptos. Logré pasar de curso y lo mejor fue ponerme de novio con una chica que conocí en el taller de pintura donde me inscribió mi madre por recomendación de la psicóloga (tal vez porque su tratamiento cada vez tenía menos eficacia).
Encontré un cierto equilibrio en mis rutinas. Pero algo me seguía detonando escenarios inverosímiles o recuerdos (ya no sabía diferenciar) : los trayectos en microbus por la ciudad. Literalmente al viajar explotaban en mi cabeza experiencias que no había vivido. No le comenté a mi madre ni a la doctora por supuesto. Por eso le pedí a mi tío que me llevara a las consultas (con la excusa de que su camioneta tiene vidrios polarizados y de que mi madre no me podía acompañar a las sesiones por su trabajo). La otra solución que hallé fue movilizarme solo en bicicleta.
Hasta que Jocelyn (mi novia) me rogó un día que la acompañara a comprarse unos vestidos. Y era inevitable tomar un bus al centro de la ciudad.
Como era de esperar, me comenzó un intenso dolor de cabeza. Los pasajeros y las calles se difuminaban delante de mí producto de ese dolor. Hasta que mis ojos se detuvieron en una persona. Estaba de espaldas, me pareció demasiado familiar. Era nuevamente esa niña. Se levantó de su asiento en medio de un atolladero de autos en la principal avenida. El chofer traía abiertas las puertas de adelante, por allí salió ella en dirección a la vereda. Yo me paré rápido a perseguirla. Le grité al chofer que me abriera las puertas de atrás ya que íbamos en los últimos asientos. “¡No ves que acaso están malas las puertas mocoso tarado!” Me contestó. Y no alcancé a bajarme pues el bus se puso en marcha. Le vi el rostro a la niña por última vez, y una certeza se me instaló en el alma al notarla perdida y angustiada como nunca antes… Era una prisionera, una prisionera de algo que yo no entendía. Y me dio una pena que me desestabilizó de tal manera que me puse a llorar como un loco.
Joselyn no hallaba cómo calmarme, pues ni yo sabía lo que me sucedía.
Y a pesar de que le conté a Joselyn los hechos, ella se limitó hacerme cariño, porque en su simpleza apenas dimensionó la gravedad del asunto, o tal vez disimuló que me creyó.
Fue así que me acompañó varias semanas más en ésta incertidumbre. Pero yo, su novio traumado, no paraba de darle problemas, de confundirla y asustarla.
Sin embargo el último incidente relacionado con éstos fenómenos quedó fuera de su conocimiento, a pesar de que ella estuvo presente en todo momento. Y por supuesto no se lo revelé. Fue lo siguiente:
Nos detuvimos a descansar en una plaza en la parte de atrás de mi casa. Yo no la conocía, deduje que quizás era de reciente construcción. Y estaba medio escondida entre abundantes árboles que la sombreaban. Habíamos comprado helados con Joselyn y el mío se me derretía en las manos. Al acabármelo Joselyn me dice “Anda a lavarte las manos a esa pileta, está limpia el agua”. Y le obedecí.
Mientras mojaba los dedos vi algo inusual en la profundidad de la pileta. Al principio pensé que era una pelota trasparente dejada allí por un crío. Luego acepté que era una gran burbuja por el modo en que flotaba y que se acercaba a mí. Eso fue lo que más me sorprendió. Dentro de ésta distinguí un racimo de otras burbujas con variados colores que se multiplicaba… Una congoja me apretó el pecho, pero retiré la mirada en el instante final. Joselyn me contó después que caminé sin rumbo en dirección a la calle. Me llamaba y yo no contestaba, estaba inconsciente. Me perdió en los enredados pasajes de un barrio marginal al que no se atrevió a entrar. Aún no soy capaz de imaginar lo que me hubiese ocurrido si no quito la mirada de la burbuja.
En ese tiempo mi madre encontró pareja y se casó. Nos cambiamos de casa a otra ciudad. La relación con Jocelyn se murió por la distancia, y yo mejoré mucho gracias a esos cambios. Mis problemas mentales acabaron, y mi abuela también se recuperó de sus extraños cansancios. Ella falleció casi de 90 años. Tiempo después tuve mi primera hija, a los 25 años. Miriam, su madre y mi querida esposa, insistió en bautizarla. Yo me negué bajo todos los terminos. Me di cuenta que había generado una repulsión impresionante a las imágenes religiosas. Además la familia de Miriam era devota de la virgen María. Tiré a la basura en cuanto pude un cuadro de la gruta de Lourdes que nos habían regalado a penas remodelamos la casa… tenía el mismo estilo de pintura barroca con el cual fue trazada esa antigua estampita de la “Ayalita”.
Me seguía persiguiendo el temor de un pacto desconocido para mí. A veces odiaba a mi abuela y a mi madre por rezarle a ella, aunque nunca me dieron todos los detalles de lo que hicieron. Hubo días en que me repercutieron pensamientos de odio contra ambas por sus secretos. Y se volvió una obsesión que me quitó la paz. Una tarde prendí el televisor en un canal poco conocido ( que curiosamente nunca volví a encontrar, no me acordaba de su logo) y en el programa una médium hablaba sobre los cultos urbanos de origen desconocido… y a continuación de una pausa, mencionó a “La Ayalita”. Apareció ese retrato de ella en la pantalla, y mi corazón latió fuerte. La medium le decía a la periodista: “Yo honestamente no recomiendo el culto a éstas imágenes, no sabemos su origen, y esta devoción nació en los sectores populares, pero no se sabe si fue una joven real que vivió a principios del siglo 19, o si es una entidad precolombina… Se dice que ya los indígenas la llamaban con otro nombre, y que no era una mujer de piel morena como el resto de los indios, sino que blanca, y que andaba siempre desnuda, por eso la pintan así.
-¿Y por qué dice que no hay que rezarle a éstas imágenes, pueden hacernos daño?
- Mire, lo que ocurre es que...
En ese instante mi hija que gateaba a mi alrededor subió al sillón sin yo notarlo. Y de un golpe le pegó al control remoto, apretando el botón de apagado. La tomé en brazos, estuvo a punto de resbalarse y caer al suelo. Tuve la tentación de agarrar el control y encender el televisor de nuevo. Pero la sonrisa de mi bebe me lo impidió.
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